viernes, 22 de septiembre de 2017

BOTIFLER

Descubrí a Juan Marsé por una de sus lecturas recomendadas en la universidad de entonces y lo descubrí no por mí, sino por mi hermana, cinco años mayor que yo, cuando estudiaba Magisterio y yo andaba por el Bachillerato, también el de entonces. Aquel libro de Marsé que pululaba por casa entre la mesa de estudio y su mesilla de noche, del que me llamó desde siempre la atención su título, era Un día volveré. Sonaba a muchas cosas aquel título. Amenaza. Deseo. Certeza. Me inquietaba saber qué encerraba realmente aquel título. Lo leí al verano siguiente del curso finalizado de mi hermana, principios ochenta (recién salido el libro). Y descubrí a Julivert Mon y descubrí a Marsé y descubrí que el título encerraba todo y nada de lo que yo imaginaba, en realidad el título encerraba una falacia. Tras Un día volveré llegó a mi cesta de lector compulsivo, sin más orden ni concierto que la decisión inmediata, Si te dicen que caí y sus historias inventadas de niños, capaces de tejer una realidad a la vez alucinante y cotidiana de la España de la postguerra. Una despedida de la infancia, como el propio Marsé alguna vez reseñó.
   

Hace unos días aparecieron obras de Marsé ultrajadas en una biblioteca de Cambrils. "Botifler" ("traidor") fue una de las pintadas a rotulador negro que aparecieron a toda página en, entre otros títulos, Un día volveré. Desconozco si el autor o autora de la pintada habrá leído el libro, intuyo que no, pero ese escupitajo a la palabra (las pintadas son otra cosa distinta) da en el clavo de la falacia que descubrí cuando leí el libro. La falacia de la violencia que no esconde otra cosa que la ruptura, el abismo que separa, la venganza de la justicia. Por mal camino transita quien pretende cargarse de razones, o no que diría el clásico, desde el señalamiento del discrepante. Y si esto que aquí comparto llegaran a leerlo esos señaladores/as, permítanme recomendarles la lectura de alguno de estos dos libros de Marsé, porque en ellos podrán descubrir un mundo de ficción que narra con prosa exquisita los desencuentros entre la ensoñación y la realidad. Imagino que les suene de algo.

miércoles, 15 de marzo de 2017

UN ESTADO LAICO BIEN VALE UNA MISA

Unidos Podemos ha presentado el pasado 20 de Febrero en el Congreso de los Diputados una proposición no de ley pidiendo eliminar de la televisión pública la emisión del programa dominical que retrasmite la Misa católica. Más allá de los ecos mediáticos que sus promotores han necesitado para dar altavoz a la iniciativa, que de otra forma no hubiese pasado más allá del Boletín Oficial de las Cortes, es interesante comprobar, una vez más, la confusión interesada, el embrollo conceptual, que declaración tras declaración envuelve todo lo que se nos ofrece como camino para asaltar los cielos.

Los ponentes invocan el principio de laicidad del Estado y la necesaria neutralidad de un ente público, en este caso una televisión. En ningún caso pongo en discusión los principios invocados por los ponentes, pero sí que la política se reduzca al mero desarrollo lógico de determinados razonamientos. Entre el Estado y la sociedad siempre han existido canales de comunicación, algunos de los cuales se hacen presente de forma muy variada con una alta carga religiosa. Desdeñar esta realidad significa que este asunto es un escarceo más en el replanteamiento de las relaciones de la Iglesia católica con el Estado español que se recogen en los Acuerdos de 1979 con la Santa Sede, cuya denuncia y defensa a ultranza han generado posturas excesivamente radicalizadas en ambos campos.

La laicidad debe caracterizar al Estado, no a la sociedad. Todas las cuestiones referentes al sentido de la vida son muy personales, pero no por ello tienen por qué ser relegadas al ámbito de lo privado. La laicidad del Estado debe ser la garantía para abrir el espacio y crear las condiciones para que las diversas creencias y cosmovisiones puedan expresarse y dialogar libremente. Como sociedad no podemos vivir solamente a golpe de Boletín Oficial del Estado y de leyes. Necesitamos espacios donde germinen y se trasmitan valores, puntos de referencia para identidades personales, espacios para cultivar, de formas libres y diversas, la vida espiritual.


Se cuenta una leyenda-anécdota sobre Tierno Galván, agnóstico declarado, cuando recién nombrado alcalde de Madrid decidió mantener el crucifijo que había sobre la mesa de su despacho, aseverando que “la contemplación de un hombre justo que murió por los demás no molesta a nadie. Déjenlo donde está”. También se cuenta que Antonio Hernández Gil, que nunca ocultó su condición de creyente, dispuso la retirada del crucifijo de su despacho porque en su condición de presidente del Congreso de los Diputados debía reflejar la laicidad del Estado. estas dos anécdotas, de las que desconozco la literalidad exacta o siquiera la certeza misma de su existencia tal como se reseñan, contraponen las actitudes de una época, la Transición, hoy denigrada desde algunos ámbitos, con la política actual de los 140 caracteres y el canutazo para abrir telediarios. Sirvan ambas para que quede claro que en España así se construyó la democracia, una de cuyas conquistas es la laicidad del Estado.

lunes, 14 de diciembre de 2015

EL PACTO DE LAS CATACUMBAS

Interpretando el título al modo y manera más imaginativo posible, bien pudiera ser que al final de estas líneas el humilde escribiente autor de las mismas hubiera desentrañado los secretos de algún pacto postelectoral que todos negaran antes del 20-D; o dado cuenta de un acuerdo extrajudicial afecto al devenir de Pikachu en su Game Boy particular; o sustanciado las estipulaciones de un sorprendente acuerdo que dotase al Principado de presupuestos; o revelado las claves del nuevo Majestic que abriese una vía de entendimiento, porcentual por supuesto, en Catalunya; o, sencillamente, dado las claves del convenio por el que la LFP permitiese al Sporting realizar fichajes sin traba alguna. Pero desgraciadamente nada de eso. Siento defraudar las expectativas de quien haya leído hasta aquí en su lectura. Pero ya que ha llegado, ¿por qué no sigue leyendo?
Finalizando el Concilio Vaticano II un grupo de unos cuarenta obispos de varios países, inspirados por lo que se hacía y decía en el aula conciliar, se reunieron en las catacumbas de Domitila para firmar lo que hoy se conoce como El Pacto de las Catacumbas, un texto y proyecto que expone la misión de los pobres en la Iglesia. Aquellos obispos se comprometieron a caminar con los pobres y a ser una Iglesia pobre al servicio de los pobres. Para lograrlo se implicaron en llevar un estilo de vida sencillo, renunciando no sólo a los símbolos del poder si no al poder mismo, volviendo a las raíces del Evangelio.
Han tenido que pasar 50 años para que el papa Francisco haya puesto de nuevo la opción por los pobres en el centro de la vida  y el magisterio de la Iglesia. Cabría preguntarnos por qué lo que ha escrito algunas de las mejores páginas de la historia de la humanidad ha tenido que superar tanta vacilación a la hora de inspirar y orientar el ser cristiano dentro de la propia Iglesia en su proyección a toda la sociedad. Hoy que se celebra el día de la Iglesia Diocesana y cuando se apela a las mil historias en una sola Iglesia, no parece de más poner en valor que el compromiso asumido por toda la Iglesia para transformar la vida humana y construir un mundo basado en la solidaridad y la justicia, sólo puede alcanzarse partiendo del Evangelio de los pobres.

jueves, 22 de octubre de 2015

LA IGLESIA EN SÍNODO

Algo más de dos años ha tardado nuestro arzobispo Sanz Montes en dedicar una de sus cartas semanales al Sínodo de la Familia. Más allá de la arbitrariedad del escribano, que manifiesta así su particularismo en la elección de los temas sobre lo que es necesario iluminar al pueblo de Dios, o precisamente por ella, lo cierto es que en nuestra diócesis el eco oficial que está teniendo el Sínodo de la Familia es más bien escaso. La convocatoria del Sínodo en dos tiempos ha ensanchado el tiempo para la deliberación y el discernimiento eclesial, pero en la iglesia de Asturias las reflexiones se sustancian exclusivamente en iniciativas personales de quienes se atreven a proponer los cambios que consideran plausibles en la comunión de la Iglesia de hoy. No existe una acción pastoral en torno al Sínodo de la Familia y sus preparativos, sólo el discurso oficial que busca el acatamiento acrítico de las declaraciones doctrinales.
En los meses transcurridos entre el Sínodo extraordinario del pasado año y la Asamblea General Ordinaria que se desarrolla en la actualidad se han dado muchas vueltas a la cuestión sobre el permiso oficial para recibir la comunión los divorciados vueltos a casar. Esa controversia se ha convertido en símbolo del éxito o del fracaso de los esfuerzos eclesiales de reforma. Pero hay otros muchos temas sobre los que deberían producirse novedades a partir del desarrollo del Sínodo. El sentido de la fe del pueblo de Dios, las relaciones entre las Iglesias locales y la Iglesia universal, un diagnóstico sobre las estructuras participativas en la Iglesia católica, la articulación conjunta de papa, curia y obispos diocesanos, así como otros temas teológico-pastorales planteados en los papados anteriores y sofocados por la vía autoritaria que ahora, al rebufo del aperturismo de Francisco, vuelven a aparecer en los debates teológicos. Ahí está la clave de bóveda de lo que este Sínodo debería suponer para la Iglesia y no en el debate sobre permitir o no la comunión a divorciados vueltos a casar. Permítasenos pensar con la libertad de los hijos de Dios y preguntarnos si la teología debe ser solamente la explicación de verdades permanentemente firmes y mero desarrollo de la doctrina o por el contrario es posible que la reflexión teológica sobre la realidad pastoral lleve a recapacitar sobre posiciones doctrinales en todos los ámbitos, también en el del matrimonio y la familia.

Una reflexión pastoral en profundidad detectaría la cada vez más visible crisis de confianza en la Iglesia, que la sitúa ante el reto de redefinir su relación con la modernidad en muchas aspectos. El de la familia es sólo uno de ellos y piedra de toque para afrontar ese desafío. Por eso, salga lo que salga del Sínodo, afanémonos los creyentes cristianos por situar la visión de la familia no en clave de restricción o imposición sino de propuesta positiva humanizadora, que ayude a descubrir el matrimonio y la familia cristiana como una forma de vida en la fe sin discriminar por ello a otras.

lunes, 31 de agosto de 2015

CASTA ET MERETRIX

Once cardenales hablan sobre el matrimonio y la familia. Ensayos desde un punto de vista pastoral. Los que algún bloguero especialista en información religiosa denomina “pesos pesados” firman este ensayo que acaba de ver la luz. Son un total de once cardenales, entre ellos el español Rouco Varela, que aprovechan la cercanía del inicio de la fase definitiva del Sínodo de la Familia en el próximo otoño para presionar más a Roma y al Sínodo y marcar terreno frente a cualquier atisbo de mínimo cambio. El rostro del rigor frente a los intentos de dar a la Iglesia el rostro más amable de Jesús y su Evangelio. Firman once, pero alguno más habrá que lo hubiera hecho gustoso. Por ejemplo el ultraconservador estadounidense Raymnod Burke, que en Enero pasado impulsó la petición al Papa para impedir un cambio en la doctrina que replantee los modos en los que la Iglesia católica acoge a los divorciados vueltos a casar y a los homosexuales. No cuestiono la legitimidad del casi medio millón de fieles firmantes de esa petición expresa al Papa para que “reafirme categóricamente la enseñanza de la Iglesia de que los católicos divorciados y vueltos a casar civilmente no puedan recibir la sagrada comunión”, pero como creyente cristiano me parece deleznable moralmente que lo hayan hecho.
Un grupo de 18 teólogos españoles, entre los que se encuentran González Faus, Pagola o Torres Queiruga, el informador religioso José Manuel Vidal y el obispo emérito de Palencia Nicolás Castellanos, han iniciado a través del portal www.change.org una campaña de recogida de firmas pidiendo al Sínodo que avance en las reformas necesarias para que los divorciados vueltos a casar puedan comulgar. Y lo hacen a través de un escrito rigurosamente documentado para que la Iglesia, siendo fiel al espíritu del Evangelio y no a su letra, haga una lectura distinta al dogma definido en Trento. Un buen número de eclesiásticos ya lo están haciendo en la realidad del día a día del que tan alejados viven determinados sectores. Hay una mayoría silenciosa de creyentes que debe comenzar a movilizarse si desea que la primavera del papa Francisco no se quede en meros brotes verdes. Creyentes corrientes, personas de buena voluntad, que nada tienen que ver con esas redes neocons ni demás lobyyes eclesiales más papistas que el Papa. Me permito animar a quien lea esto a firmar esta petición a través de change.org porque parece llegada la hora en que la mayoría silenciosa comience a movilizarse en apoyo de Francisco y su empeño en dotar a la Iglesia de un rostro más conforme al Evangelio y a Jesús.
Resultará curioso, y hasta ridículo, para quien asista a esta lucha desde la lejanía de la pertenencia a la Iglesia que el cambio más revolucionario que se está planteando sea la propuesta de reforma para que los divorciados vueltos a casar civilmente puedan recibir la comunión. Pero es lo que tiene la Iglesia y su particular presteza para interpretar los signos de los tiempos. Afortunadamente hay muchas personas a las que no les preocupa que la Iglesia Católica, el derecho canónico o determinados Papas les nieguen el derecho a recibir la comunión por haberse vuelto a casar después de divorciarse, por estar divorciado o por vivir en pecado. Al margen de mi situación personal, me incluyo entre ellas. Pero hay personas que sí sufren, y mucho, cuando se le niega ese derecho y más aún cuando la negativa se extiende a los hijos o hijas a la hora de recibir su Primera Comunión. En todo caso parece necesario volver a ser activista hacia dentro de la Iglesia, porque en el crisol de sensibilidades que es la Iglesia, casta et meretrix como tan bien la definió San Ambrosio, sobran santas y faltan putas.  

martes, 18 de agosto de 2015

HIJAS DE LA CARIDAD EN PIEDRAS BLANCAS

APORTACIONES PARA UN DEBATE SOBRE MODELOS ECLESIALES                                
El anunciado traslado de las Hijas de la Caridad y el consiguiente cierre del centro que tenían en la parroquia de Piedras Blancas desde hace casi veintisiete años, ha causado pesar entre sus más cercanas colaboradoras y generado distinto tipo de reacciones en el conjunto de la feligresía de la parroquia. Quisiera aportar mi opinión, centrándola  en el contexto general de la realidad eclesial actual de la que todos somos corresponsables y algunos, además, causantes directos. Mantengo como premisa inicial de mi exposición que la sucesión de cambios en los distintos ámbitos parroquiales, sacerdotes, religiosos y/o religiosas, etc …, son la constatación más palpable del agotamiento de un modelo eclesial que se exterioriza en la pérdida de referencia parroquial entre los creyentes cristianos en los últimos años.
Parece que la razón principal que se arguye para el traslado y cierre del centro vinculado a la parroquia de Piedras Blancas es la escasez de vocaciones dentro de la orden y la necesidad de ubicar a las hermanas en otros centros donde su labor sea más necesaria. Es un hecho contrastable que la orden de religiosas más numerosa de la iglesia católica, las Hijas de la Caridad, han perdido más del 50% de sus hermanas y cerrado más de 1.000 casas en los últimos 40 años. Analizar las causas es algo que a quién le competa ya habrá hecho y seguramente las medidas que ahora se toman son resultado de las conclusiones a las que habrá llegado el mundo vicenciano. Es un  proceso que también debe analizarse en el contexto de una realidad incuestionable como es la pérdida de peso de la Iglesia en la sociedad española. En el habitual discurso tantas veces repetido hay quienes lo achacan al invierno eclesial postconciliar, a la falta de compromiso al que el relativismo empuja al conjunto de la sociedad, sobre todo a los jóvenes, o al laicismo de un Estado empeñado en cambiar la cara de la católica España. Desconozco si el análisis de la orden va también en esa dirección o en otra más inclusiva orientada a su problemática interna. De todas formas, cómo haya sido ese análisis es algo totalmente ajeno al tenor del planteamiento que intento trasmitir en estas líneas.
Como señalé antes, el punto de partida es que asistimos al agotamiento de un modelo eclesial, que precisamente se habilitó para frenar un proceso de deterioro cuando se atribuía al Concilio Vaticano II ser la causa del mismo. Durante siglos nacieron en el seno de la iglesia católica múltiples órdenes religiosas masculinas y femeninas para educar o socorrer a los pobres  apoyadas en el carisma de su fundador. A lo largo del siglo XX han surgido una serie de movimientos que han construido su carisma orientándolo a conseguir unos fines determinados. Promocionando esos nuevos movimientos se apostó por un modelo que garantizaba la asistencia y la existencia de un tipo de macro encuentros de jóvenes, de familias, de beatificaciones, etc …, concebidos en alianza con los sectores más conservadores de la iglesia católica y que la jerarquía comenzó a utilizar para medir y valorar los resultados de su actuación. Viéndose arrinconadas en cierta medida por la eclosión de esos nuevos movimientos, algunas órdenes religiosas que aglutinaban a jóvenes y adultos en distintas fórmulas de voluntariado o acción religiosa, comenzaron a sufrir su propio invierno que no todas desgraciadamente han sido capaces de superar. Ahondar en el particularismo del carisma propio ha sido la respuesta más común para intentar incardinarse en el paisaje eclesial que los nuevos movimientos han ido perfilando con la aquiescencia de la jerarquía. Ese cierto punto de endogamia ha acabado por fagocitar muchas de estas realidades, matándolas de éxito cuando al líder carismático acabó dándosele más predicamento que al carisma del fundador o fundadora. Sin embargo, ahí están esos otros ejemplos, Cocinas Económicas, Centros de Acogida, Comedores Sociales, etc… en los que las distintas órdenes han sabido, han podido o han querido poner su carisma al servicio de la experiencia humana más que al de la fuerza de los rituales religiosos.
Al tiempo que se desarrollaba el proceso con el que paulatinamente ha ido implantandose ese modelo, los templos y su culto se han ido vaciando progresivamente; la población que se declara como católica practicante es cada vez menos numerosa; escasean las vocaciones; los sacramentos se han convertido en actos de presencia social en la institución y el número de matrimonios, bautizos, comuniones, confirmaciones disminuyen también. ¡Hasta el número de personas que marca la famosa X ha descendido! Ese modelo que la fuerza de los hechos está poniendo en cuestión ha traído consigo la pérdida de referencia parroquial entre los creyentes cristianos en general. Particularmente, aquellas parroquias con presencia de esos nuevos movimientos o, en su caso, de algunas órdenes religiosas acabaron por conferir a todo lo parroquial exclusivamente lo particular de cada carisma.
En vísperas del Concilio Vaticano II Karl Rahner decía de la Iglesia de Cristo: “La Iglesia como realidad histórica es necesariamente una realidad territorial” y añadía “la parroquia es la realización primaria de la Iglesia como acontecimiento”. Considero el Cristianismo una oferta de vida válida para la transformación de la sociedad y para compartir con los demás, y a la Iglesia una comunidad de creyentes trasmisores de la Buena Noticia del Evangelio. Y considero la parroquia el espacio idóneo para desarrollar esa tarea. Es el conjunto de creyentes, clérigos y laicos, constituidos como comunidad humana integrada por multiplicidad de factores sociales reales quienes la dotan de operatividad evangelizadora. En esencia, la comunidad local en la que convivir, compartir, comprometerse socialmente y celebrar la Fe como miembros activos de la misma.
Es ese modelo eclesial centrado en la parroquia el que ha sido desatendido y del que se han desentendido quienes deberían haberlo sustentado para mejorarlo y no intentar erradicarlo en aras de nuevos modelos eclesiales, más orientados a la fuerza del ritual religioso que a la experiencia humana. Nuestras comunidades locales han dejado de ser espacios de referencia en la vida social perdiendo así su esencia evangélica. En la Evangelii Gaudium Francisco nos proporciona un excelente análisis de lo que la realidad parroquial debe ser y de lo que se  debe mejorar:
La parroquia no es una estructura caduca; precisamente porque tiene una gran plasticidad, puede tomar formas muy diversas que requieren la docilidad y la creatividad misionera del Pastor y de la comunidad. Aunque ciertamente no es la única institución evangelizadora, si es capaz de reformarse y adaptarse continuamente (…) esto supone que realmente esté en contacto con los hogares y con la vida del pueblo, y no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos (…). Pero tenemos que reconocer que el llamado a la revisión y renovación de las parroquias todavía no ha dado suficientes frutos en orden a que estén todavía más cerca de la gente, que sean ámbitos de viva comunión y participación, y se orienten completamente a la misión. (28)
Sería osado por mi parte interpretar las palabras del Papa, pero me atrevo a incidir sobre una frase: “… y no se convierta en una prolija estructura separada de la gente o en un grupo de selectos que se miran a sí mismos”. Más de un obispo debiera sonrojarse leyendo este texto y viendo cómo muchas realidades parroquiales han ido deteriorándose sin que ellos hayan hecho nada  por remediarlo, en algunos casos más bien al contrario.
(Antes de continuar quiero hacer un inciso para tranquilidad de los más puristas. Me referiré a Piedras Blancas como parroquia, pero quede claro que la realidad jurídica y canónica dictamina que la parroquia es San Martín de Laspra. De todas formas, sin ningún tipo de animosidad, entiendo que así contextualizo mejor lo que aquí intento trasmitir).
Desde el reconocimiento a la ímproba labor de las Hijas de la Caridad en el mundo y desde el máximo respeto a las personas y a la institución, creo que el análisis anterior respecto a la deriva que han tenido las realidades parroquiales en los últimos años puede aplicarse en Piedras Blancas. Y de ello todos somos corresponsables, insisto todos, por acción o por omisión. Piedras Blancas era por el año 1988 una realidad parroquial viva, aunque no carente de ciertas incertidumbres ni de los habituales problemas que afectan a una comunidad eclesial activa y dinámica. Era, desde luego, una comunidad parroquial marcada por la impronta de un párroco que respondía a un modelo de Iglesia fruto de su época y que en aquellos años ya presentaba una cierta ambivalencia, fruto de una trayectoria eclesial marcada por los contrates de épocas muy diferentes y cambiantes. Sin embargo, siempre había sabido unir a su dilata trayectoria en la parroquia la necesaria colaboración de los seglares, aunque los considerase en un nivel inferior de responsabilidad respecto al de cualquier religioso o religiosa, para mantener la viveza necesaria en la comunidad.  Creo que es complicado decidir qué parámetro utilizar para medir el grado de dinamismo de una parroquia. ¿El número de sacramentos que se celebran? ¿La asistencia a la misa dominical? ¿La cantidad de niños, jóvenes y/o padres involucrados en la catequesis? ¿La capacidad para atender las necesidades? Pese a esa complejidad asumo el riesgo y aporto a este debate, si lo hubiere, de evaluación de la viveza de la parroquia la valoración del cómo antes que del cuánto o del quién. La misión evangelizadora de una comunidad parroquial cristiana se sitúa en tres dimensiones, catequética, litúrgica y caritativa. Intentemos ser sinceros con nosotros mismos y analicemos desde la perspectiva del cómo las distintas actividades orientadas al desarrollo de esas tres dimensiones que se han desplegado en Piedras Blancas durante los últimos veinticinco años. Creo que de la reflexión sincera y profunda surgirá la respuesta personal para valorar el grado de crecimiento que como parroquia hemos tenido durante estos años. Mi respuesta intenta quedar plasmada en estas líneas.
La Iglesia lleva tiempo necesitando urgentes cambios estructurales que cuanto más se dilatan más enquistan su realidad, porque se añaden situaciones problemáticas surgidas de la velocidad con que la sociedad afronta y asume cambios y la lentitud con que la Iglesia es capaz de interpretar los signos de los tiempos. Se nos convoca a los creyentes cristianos a la llamada Nueva Evangelización, nuevas formas, nuevos métodos, nuevo ardor, como respuesta a los tiempos de transformación institucional de la religión, pero las dudas surgen al visualizar cómo desde ciertos vértices católicos se postulan personas y estructuras predeterminadas para encamar, permítaseme la expresión, convenientemente las respuestas. Particularmente la Iglesia de Asturias lleva años sufriendo un terremoto de nombramientos y cambios eclesiásticos que constatan, como vengo reseñando, el agotamiento de un modelo. Durante los mandatos de los dos últimos sucesores de los apóstoles preconizados a la sede episcopal asturiana no ha habido voluntad de afrontar planes de renovación de la iglesia asturiana. Un sínodo paralizado en su fase más decisiva por el traslado del anterior arzobispo, que el nuevo arzobispo acabó embridando tras años de dudas dándole forma de plan pastoral diocesano, nacido pretendidamente al socaire de los nuevos aires que soplan desde Roma pero que realmente va en la dirección pastoral opuesta. Ese es el bagaje para afrontar una realidad de renovación cada vez más urgente.
Los creyentes debemos asumir que el cambio más profundo que tiene por delante la Iglesia está en los propios creyentes. El primer paso para ese cambio debemos darlo nosotros mismos, eliminando egos y dando pasos al frente para que las comunidades locales sigan siendo, o vuelvan a ser, la sal imprescindible para construir una Iglesia en la que todos sean protagonistas y en la que las diferentes vocaciones sean instrumentos de servicio a una comunidad que camina y decide en común, porque muchos son los miembros pero constituyen un solo cuerpo.


A lo largo de estos años he tenido con las hermanas pertenecientes a las Hijas de la Caridad destinadas en Piedras Blancas una relación en lo personal de mutuo respeto y en lo eclesial y parroquial de profunda discrepancia, desde opciones muy diferenciadas de modelo de Iglesia. No voy achacar a nadie más que a mí mismo y a mis propias circunstancias vitales mi parte de responsabilidad en todo lo que, como ya señalé más arriba, creo que nos avocó en Piedras Blancas al agotamiento de ese modelo eclesial sobre el que hoy reflexiono aquí. Y éste es el punto desde el que deseo partir en este momento, todos somos necesarios y el único imprescindible es Jesús. La realidad actual no es la que era hace veintisiete años, es evidente, y es una realidad que requiere elaborar respuestas creativas sin refugiarse en formas del pasado. Estos son los tiempos que nos han tocado vivir, cuyos signos el Evangelio nos impele a interpretar con una mirada creyente de la realidad con discernimiento y libertad de conciencia. Y para ello no es necesario ni vaciar tiestos, ni volverlos a sembrar con nuevas semillas, más bien creo que es el momento de ser capaces de verter el vino nuevo en odres nuevos.

martes, 4 de agosto de 2015

¿TENDER PUENTES O HACER LÍO?

En uno de esos encuentros que tanto le gustan, sin protocolos, sin corrección política, sin papeles, hablando directamente al corazón de la gente, durante la última Jornada Mundial de la Juventud celebrada hace dos años el papa Francisco conminó a los cristianos a salir a la calle a armar lío, “quiero lío en las diócesis, quiero que la iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de lo que es estar encerrados en nosotros mismos”, afirmó.
¿Interpreta a su manera el arzobispo de Oviedo esas recomendaciones pontificias de hacer lío? Me temo que sí. Actuaciones, decisiones y escritos públicos de los últimos tiempos reflejan una hermenéutica mejorable, siendo amables en el calificativo, y cierta sensación de haber perdido capacidad para interpretar los signos de los tiempos. Reiteración de notas de prensa anunciando la expulsión de un sacerdote de su condición, con más alarde sobre la rapidez de la decisión que con tristeza y misericordia por el fondo; declaraciones públicas a la salida de una celebración religiosa sobre aspectos del mismo asunto anterior que, en todo caso, deberá sustanciar la investigación judicial civil; rectificación, sí sr. Arzobispo “rectificación”, sobre el traslado del sacerdote de Miranda, con envío incluido de nota de petición de rectificación a un medio de comunicación; y finalmente la guinda del recurso contra el Gobierno del Principado a cuenta de las horas dedicadas a la enseñanza de la religión en bachillerato. Todo ello en el contexto de la habitual catarata de cambios y nuevos nombramientos en las parroquias de la diócesis, ya habitual en esta época y con el añadido, en esta ocasión, de que se han anunciado públicamente cuando nuestro pastor se hallaba fuera de la diócesis en esa peregrinación anual a Tierra Santa de raigambre tan franciscana. Algo habría que reflexionar sobre las ausencias, en según qué momentos, y las presencias, en según qué lugares y compañías, de quién es la cabeza visible de la Iglesia asturiana. Pero ese es otro debate que está por abrir, aunque alguna vez habrá que hacerlo.

Desde hace no poco tiempo se ha instalado en la conciencia de la sociedad la percepción de una profunda crisis en la Iglesia católica. Quizá sean los tiempos recios de santa Teresa o el invierno eclesial del teólogo Rahner, pero lo cierto es que el marchamo que Francisco viene marcando desde Roma no acaba de cuajar en la católica España, ni asomo de que lo vaya hacer en el medio plazo. Lo único cierto es que el evangelio de Jesús ofrece un proyecto de vida y de sociedad al que los cristianos no deberíamos renunciar, por más que algunos se empeñen en hacer lío en lugar de tender puentes.